¿Cómo saber si mi hijo necesita ayuda psicológica?

 

Cuando observamos a los niños/as desde la óptica adulta es frecuente que, salvo que nos informemos y comparemos, no reconozcamos exactamente qué etapa evolutiva atraviesan. Los adultos entendemos la infancia compartiendo información con otros adultos que viven con niños y comparando entre ellos sus comportamientos, hábitos y aprendizajes. De esta forma se suele distinguir si un niño encaja o no dentro de la normalidad.  Por tanto, sabemos que lo que socialmente se vive como dificultad en el desarrollo viene determinado por comparación social con otros niños, o por la descoordinación que existe entre los hábitos de su entorno y el comportamiento real del menor. Es muy poco frecuente que sea el menor quien solicite la ayuda de un profesional, son precisamente los padres, profesores, tutores o pediatras quienes observan ciertas anomalías y proponen acudir al experto en infancia.

Ya sabemos que existen cambios a lo largo de todo el ciclo vital, pero las etapas destacadas por la cantidad y consecución de éstos son la infancia y la adolescencia. Desde el nacimiento, hasta la etapa adulta empezamos a conformar nuestra identidad, el conocimiento y manejo de nuestras emociones, nuestra adaptación social, nuestro aprendizaje motor y cognitivo, el descubrimiento de las normas y la relación entre causa-efecto. Son unos años de especial vulnerabilidad precisamente por la rapidez de los cambios, las todavía no aprendidas herramientas para identificar y manejar las aptitudes propias y las emociones, la novedad de muchas situaciones y la dependencia habitual con el adulto.

Todo esto forma parte del orden de la vida.

No obstante, cuando todas estas adaptaciones normalizadas se ven atascadas y generan frecuentes problemas en la convivencia y en el estado de ánimo del menor, es importante revisar cuáles son los factores que están impidiendo un desarrollo fluido.

Existen algunas anomalías expresadas por padres/madres de forma habitual:

-Problemas de alimentación, rabietas frecuentes, desobediencia, retraso del lenguaje o falta de habla, ansiedad por separación, malos resultados escolares, pesadillas, enuresis y/o encopresis, fobias, ansiedad  y miedos, tics, escasa expresión de la emoción, amigos invisibles, falta de integración social…

Estas son algunas de las manifestaciones que podemos observar fácilmente en nuestros hijos. Es frecuente que cualquiera de estas expresiones aparezcan en cualquier momento durante la infancia, lo crucial en cualquiera de estos casos es analizar la duración, las posibles causas y el grado de malestar que producen tanto en el menor como en la convivencia familiar o escolar. Son precisamente los patrones de intensidad, frecuencia y duración los que indican al profesional si la situación requiere intervención psicológica, o si, por el contrario, forma parte del abanico de comportamientos y expresiones propias dentro del desarrollo infantil y adolescente.

Debemos destacar que la intervención psicológica durante la infancia y la adolescencia tiene sus peculiaridades y no se trata de ayuda psicológica a un “adulto en miniatura”. Afortunadamente existen métodos y guías dirigidas exclusivamente a cada nivel de desarrollo.

Si no sabes aún si lo que observas en casa, o lo que te han comentado en el colegio, forma parte del desarrollo normal de tu hijo, te recomendamos fervientemente que consultes con un buen profesional en psicología infantil y en psicología adolescente. Recuerda que en momento tienes una primera entrevista gratuita en la que valoraremos cuáles son las dificultades, de qué forma comprenderlas y tomar iniciativa sobre ellas.

“El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”. (O.Wilde).

Es momento de actuar.

Fotografía de Cheryl Holt.

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